Artistucho
Mi amigo, El flaco, tiene 35, no le ha trabajado un día a nadie y dudo mucho que lo haga. Aún parasita de sus viejos y no ha terminado ni una de las 15 carreras que empezó. Aquel ser, se pasea por la ciudad fumando puchos pechados a algún amigo ingenuo, al mismo que, entre luquita y luquita ya le debe como 20. El flaco, no se cansa con trabajar porque eso no es para gente de su intelecto, pero le gusta la buena vida y cuando corre con suerte, sabe agenciarse buenas bebidas auspiciadas por viejos amigos, ya que el no tiene un cinco claro está. Haciendo un rápido sobrevuelo por los bares de providencia comete su colecta.
Él, escribe, pinta, dibuja, saca fotos, lee el tarot y las plantas de los pies, escribe libros inpublicables para recitarles poemas a sus colegialas, las mismas que lo ven como el prospecto del mejor hombre que puede existir, algo así como un lider de un culto neo hieppe o alguna tribu urbana emergente, toca guitarra, sampoña pero ambas igual de desafinadas y el timbre de la abuela para bolsearle a la montepiada, si puede, el almuerzo del día en aquellas ocasiones en que sus viejos se aburren de esta rémora implacable y lo mandan a trabajar.
El flaco sigue ahí, alimentando sus fantasías y viviendo de la caridad de todos los que aún lo soportan. Camina esperando el llamado de una galería inexistente, el descubrimientos de sus poemas inneditos y que Cristian Warken le pregunte que se siente ser la revelación del genero autodidacta. En estos sueños al flaco se le va el tiempo y el respiro, si te lo topas mándalo a casa y que pase a verme, que me debe como 40 lucas. Eso si, ya no le convido cigarros.
Mi amigo, El flaco, tiene 35, no le ha trabajado un día a nadie y dudo mucho que lo haga. Aún parasita de sus viejos y no ha terminado ni una de las 15 carreras que empezó. Aquel ser, se pasea por la ciudad fumando puchos pechados a algún amigo ingenuo, al mismo que, entre luquita y luquita ya le debe como 20. El flaco, no se cansa con trabajar porque eso no es para gente de su intelecto, pero le gusta la buena vida y cuando corre con suerte, sabe agenciarse buenas bebidas auspiciadas por viejos amigos, ya que el no tiene un cinco claro está. Haciendo un rápido sobrevuelo por los bares de providencia comete su colecta.
Él, escribe, pinta, dibuja, saca fotos, lee el tarot y las plantas de los pies, escribe libros inpublicables para recitarles poemas a sus colegialas, las mismas que lo ven como el prospecto del mejor hombre que puede existir, algo así como un lider de un culto neo hieppe o alguna tribu urbana emergente, toca guitarra, sampoña pero ambas igual de desafinadas y el timbre de la abuela para bolsearle a la montepiada, si puede, el almuerzo del día en aquellas ocasiones en que sus viejos se aburren de esta rémora implacable y lo mandan a trabajar.
El flaco sigue ahí, alimentando sus fantasías y viviendo de la caridad de todos los que aún lo soportan. Camina esperando el llamado de una galería inexistente, el descubrimientos de sus poemas inneditos y que Cristian Warken le pregunte que se siente ser la revelación del genero autodidacta. En estos sueños al flaco se le va el tiempo y el respiro, si te lo topas mándalo a casa y que pase a verme, que me debe como 40 lucas. Eso si, ya no le convido cigarros.