La noche entraba por la ventana para jugar a recortar tu vientre contra las luces de la ciudad. Los estertores de nuestras muertes descansan ahora al fondo de la cama junto a ropa interior. Los aromas interrumpen suspiros , cabalgan presurosos por tu espalda para refugiarse en la madeja de tus greñas. Se esconden de mi nariz que los devora en cuanto asoman por tu piel. Sonrisas y suspiros ahora en mi costado llenan los espacios entre duda y desconfianza. Y así sigue la noche, de un lado a otro de tu casa. Habitamos cada rincón con nuestro vaivén, sinuoso, continuo. Dejamos caer la pena y el miedo con cada prenda que toca el suelo, para vernos tal como somos con la puntas de los dedos.
La noche se fue con la llegada del sol y al fin vi que la sonrisa había hecho su nido en tu boca. Tus ojos ahora miraban hacia adentro las verdades que quisimos mostrarnos. Cuando finalmente los abriste, el mundo entero se abrió con ellos. Ahora la cordillera era la que jugaba a parecerse a tus caderas. La tibia claridad de la mañana nos dio otro día para conocernos por fuera y por dentro.
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