Etiquetas

agosto 25, 2008

Factor sorpresa


Factor Sorpresa

Mi padre es un hombre, ¿cómo decirlo?, por lo menos, diferente. Sabe destacarse de entre el resto y hace las cosas a su modo.
En una oportunidad, estando una cantante extranjera de paso por la casa de mi tía, quiso impresionarla e hizo de las suyas.

Esa Noche, el vino comenzó a escasear, según él, me cerro un ojo y dijo: Con mi hijo vamos por más vino, volvemos enseguida. En un solo movimien Indiana to tomo la billetera, las llaves y a mi de un brazo. Cuando me di cuenta estaba sentado en el asiento del copiloto del auto de mi tía de camino al supermercado.

Asumo que ya había elegido, lo que según él, era el regalo perfecto, pero creo que quería transmitirme una de esas “lecciones de vida” o “conocimientos de padres a hijos”, así que partió por los vinos. Hablo en resumido de cómo elegir el vino para una mujer, si supiera que mi polola solo toma ron con tónica, pensé para mi, mas no lo quise interrumpir, estaba tan entusiasmado. Luego continuó diciendo que los chocolates eran buenos amigos, pero solo cuando uno tiene que recuperar fuerzas, me miró y me hizo ese gesto de complicidad con las cejas. Solo atiné a mirar al techo.

Hijo, prosiguió, “para una mujer poco convencional, un regalo poco convencional”. ¿Qué erigirías tú?. Yo me encogí de hombros y metí mis manos en los bolsillos. Mira, ahí está lo que buscamos. Apuntó su dedo al anaquel de productos típicos chilenos, mientras que por los altoparlantes anunciaban una oferta de lácteos en el pasillo quince. Pero claro, dijo en una pose doctoral, no le vamos a llevar una bolsa. Seguramente pensó que estábamos pensando lo mismo. ¿Una bolsa de qué, por favor?, reclame. A esa altura ya tenía miedo. Me arrastró con carro y todo, como atraído por una fuerza irrefrenable a un tarro colorido como si este tuviese su nombre pintado en él.

A caso no es obvio, siguió, ¡Le vamos a llevar charqui!. Ahí, ya no cabía en mi sorpresa. Pero ¿estás seguro? Y que tal si… ¡No!, me interrumpió, no voy a aceptar tu negativismo. Lo importante, hijo mío, no es el charqui en si. Lo que importa es el factor sorpresa. Tomó el tarro que tenía impresa una vaca con cara de amistosa y lo puso en el carro apartándolo del resto de las compras, como cuando Indiana Jones encontraba un tesoro, me pareció verle el sobrero y el látigo. En ocasiones se me hace que mi padre nunca creció o no quiso hacerlo.

El resto fue rápido, un par de cervezas artesanales , obvio como me dijo moviendo las cejas, de ahí a la caja, luego al estacionamiento. ¿Y no lo vas a envolver?, pregunté mientras nos subíamos al auto. Porque el tarro es bonito , pero no crees que le va a impactar que le regales “vaca seca”. Me miro con esa cara que me pone cuando no logro ver sus planes y dijo: hombre de poca fe, revisa mi bolso. Al abrirlo encontré papel kraft, ese que se usa para envolver cosas y una cinta de regalo hecha de papel, cual de los dos más semejante a un repollo. ¿Y en esto se lo vas a regalar?. ¡Ja!, exclamo, estás olvidando lo que te dije. Para una mujer poco convencional… Un regalo bla bla bla, le interrumpí. Ya te quiero ver cuando ponga cara de espanto, solté una risa que, honestamente, a mi me habría insultado. ¡Ok!, respondió, te propongo una apuesta, si le saco el teléfono del hotel y un café mañana antes del vuelo, tu pagas el almuerzo mañana, obviamente te lo descuento de la mesada, y me volvió a tirar la miradita esa de las cejas. Y si yo gano, le dije, me cambias el iPod que ya ni suena. ¡Acepto!, dijo, tendiéndome la mano en el rojo del semáforo de Príncipe de Gales con avenida Ossa. Me volvió a levantar las cejas y sonrió pensando en su victoria.

Al llegar a casa de mi tía, en el auto y antes de bajar, como una máquina de envolver tomo el tarro transfigurándolo ante mis ojos en algo mucho más decente de lo que yo esperaba. Mas no perdí la confianza en mi apuesta. Con una sonrisa de oreja a oreja me miro y dijo: ¿Vamos?. Me encogí de hombros como de costumbre y cargué con las bolsas como de costumbre.

Una vez adentro, papá o Roberto, como me había pedido que le dijera, desapareció, no lo vi por un rato. Ahora que lo pienso la cantante tampoco. Debió ser ahí cuando él... Luego de un rato los invitados ya se habían comido la mitad de la carne y estaban sentados en el living. Mi tía sentada en medio de la sala contaba a la ilustre visita sobre su nuevo proyecto fílmico y sus influencias post modernas, además de la clara necesidad de la música que aún no estaba definida, a lo que la cantante no prestaba mucha atención, parecía distraída con algo, se olía la manos y se sonreía. Roberto apareció a mis espaldas y me extendió su celular con disimulo. En la pantalla estaba un nombre, “Hotel Marriot / hab. 1024 num…” mis ojos se salieron de sus cuencas. Se me acercó al oído y me susurro: “etapa uno cumplida, ahora voy por el café”. No quería creerlo, adiós a mí iPod nuevo y lo peor es que papá gustaba de los almuerzos caros en un buen restorán, adiós también a las salidas por un año. En ese minuto se acabo el carrete para mi . Tomé mi chaqueta y me fui.

A la mañana siguiente papá no estaba en la casa, no llegó. ¿Tan bien le había ido? No podía dejar de lamentar el hecho que iba a tener que soportar sus continuos vítores y sus cejas. Cuando volví a mirar al living, la luz recortaba una silueta familiar en el sillón. Era él, dormido con la ropa del asado de la noche anterior y una sonrisa de victoria en los labios. Aproveche para ducharme y salir. No volví hasta la tarde. No había nadie. En su café con la mina, pensé, y bueno no me queda más que revisar el correo y partir a la casa de mi vieja, me dije a mi mismo con decepción.
Para mi sorpresa encontré una caja envuelta en el mismo papel café. ¡No!... Se rajó igual… exclame incrédulo. Al abrir la caja había otra sorpresa, el muy simpático me había dejado una tarjeta con la forma del reproductor de música, con sus teclas y pantalla dibujadas, adentro reconocí su caligrafía horrenda: “Querido hijo: espero que esto te enseñe a tener más fe en los consejos de tu padre, ninguna mujer está tan alto como para no querer compartir un café y reírse de lo mal que hule el charqui con ajo cuando lo metes al microondas… el reproductor esta en tu mochila. PD: Aún me debes el almuerzo. Roberto”.

Mi viejo sabe hacer las cosas, cuando se lo propone. De la cantante, bueno saco un single que habla de lo bello de algunos regalos diferentes, papá la escucha siempre cuando vamos en el auto y me da esas miraditas con las cejas. Mi nuevo reproductor funciona de maravillas, aunque ahora es mi polola es la que invita los tragos cuando salimos por ahí y mi tía, bueno mi tía sigue buscando quién le musicalice el documental y no para de quejarse de que el microondas huele a charqui con ajo.

4 comentarios:

  1. lindooo... no leere aun , por que ando media atareada ... para leer este.. y poder escribir algo mas que mandarte un besito electronico...

    te quiero mucho..
    gracias por ser..
    nati.

    ResponderBorrar
  2. Anónimo7:54 p. m.

    muy buenos microcuentos en general me gustaron todos pero especialmente este, tiene humor, pero tambien tiene profundidad.
    Saludos

    ResponderBorrar
  3. Anónimo9:22 p. m.

    Jajajajaj.... Los papás siempre tienen la razón....
    "mas sabe el diablo por viejo que por diablo"

    ResponderBorrar
  4. Anónimo5:18 p. m.

    Primo sabes quien soy, hermoso, con una dulzura y suavidad que a cualquier mujer estremece.... xime

    ResponderBorrar